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Ropa usada y frontera: el fenómeno del norte como principal puerta de entrada

  • Foto del escritor: Santiago Coraita
    Santiago Coraita
  • 25 may
  • 3 min de lectura

Actualizado: 28 may

La feria americana no es sólo una tendencia, también es una economía que existe hace décadas y que hoy enfrenta sus propios desafíos.


Eulalia Cáceres acomoda las camperas en el rack mientras habla. Lleva 30 años en la misma feria americana de Salta Capital. Viaja hasta Villazón, cruza a La Quiaca, carga su mercadería y vuelve. Lo hizo en la convertibilidad, en el corralito, en la pandemia. Y lo sigue haciendo hoy, con Shein pisándole los talones.


Lo que Eulalia hace tiene un nombre técnico que ella nunca usa: economía circular. La ropa que no se vendió en Estados Unidos, Pakistán, China o Turquía viaja hasta Chile y Bolivia, que funcionan como centros de redistribución. Desde ahí cruza la frontera y llega a las ferias del norte argentino. Según datos de la Fundación Protejer y la Cámara Industrial Argentina de la Indumentaria (CIAI), el 84% de la ropa usada importada entra al país por Jujuy, la aduana con Bolivia y Chile. En 2025, las cantidades importadas aumentaron un 19.000% después de que se venciera una prohibición de más de 30 años.


Sin embargo, este fenómeno no se queda en el norte. Hay comerciantes que viajan desde Buenos Aires a comprar en las ferias de Salta para revender en sus propias ferias. La ropa usada importada está redefiniendo el mercado argentino de una manera que pocas veces se analiza con atención.


Los precios los fijan los propios vendedores dentro de ciertos rangos acordados entre todos según el tipo de prenda y su estado. Lo que no se vende se liquida a precios muy bajos y en algunos casos termina en reciclajes textiles. Nada se tira.


Eulalia nos informa algo que los datos después confirman: la calidad de la ropa que llega cambió. El cuero sigue viniendo pero ya no como antes, viene una cuerina que parece plástico. La lana es más fina. Los buzos térmicos casi desaparecieron. Las carteras y camperas largas, que antes se tiraban en oferta, hoy son las más buscadas y las más difíciles de conseguir. La misma ropa que antes nadie quería se convirtió en tendencia, es por eso que escasea.


Acá es cuando duele. Porque cuando uno se pone en el lugar de Eulalia, entiende que no está enfrentando simplemente una nueva competencia, sino un modelo de consumo ultrarrápido y de precios hipermega bajos que amenaza un sistema que, con todas sus imperfecciones, permitía reutilizar, sostener familias y generar trabajo real en la frontera.



La llegada de Shein y Temu al mercado argentino golpeó directo al bolsillo de vendedoras como Eulalia. 


Un pantalón que ella vendía a $10.000 hoy compite con el mismo modelo en ferias del centro que revenden productos de estas aplicaciones a 2x$5.000. Antes ese mismo pantalón salía $20.000, nos cuenta. Hoy lo tiene que vender a mitad de precio y en mayor cantidad para sostener el negocio. "Con menos ganancia, más cantidad", resume Eulalia.

Comprar en ferias americanas en los últimos años se convirtió en algo cool. Los feeds de Instagram llenos de hauls, looks armados con prendas de segunda mano, influencers que recorren ferias como si fueran museos de moda. 


Pero la lectura de Eulalia es la más directa: "está de moda porque hay necesidad económica". Esto lo vemos en datos globales que confirman esa misma lectura desde otro ángulo: según la consultora de tendencias WGSN , el 40% de la Generación Z recurre a la ropa de segunda mano para encontrar la estética que busca, impulsada tanto por la crisis económica como por la nostalgia de épocas que no vivieron.


Sin embargo, después de la pandemia, dice, la gente que viene cambió totalmente. Y cada vez vienen menos. Los jóvenes, que antes eran los clientes más frecuentes, ahora casi no aparecen. La feria americana siempre fue un lugar donde la ropa tenía una segunda vida. Ahora se consolidó como una estética. Y esa diferencia importa.


 
 
 

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