La grieta del usado: ¿gentrificación o democratización?
- Julia Perez Branda
- 25 may
- 3 min de lectura
¿Qué sucede cuando en un mismo lugar conviven la urgencia del bolsillo y la búsqueda estética? Reflexión sobre el circuito de ropa usada en Argentina.
Es sábado por la mañana en una feria de parque. A la izquierda, una madre joven revisa con precisión una montaña de suéteres de lana; busca algo abrigado para sus hijos antes de que empiece el invierno, calculando mentalmente cómo ganarle a una economía que convirtió la ropa de shopping en un bien de lujo inalcanzable. A menos de medio metro, compartiendo el mismo canasto, una estudiante de diseño de indumentaria de 20 años gira un buzo oversize buscando la etiqueta. Quiere saber si es un tesoro original de los años noventa o una imitación actual. Si el buzo es realmente un hallazgo, el lunes será el protagonista de un video de thrifting en su cuenta de TikTok.
El nuevo sentido de la ropa usada
Hace no tantos años, admitir que se usaba ropa de feria americana venía acompañado muchas veces de un prejuicio higiénico y parecía ser sinónimo inequívoco de escasez. Por lo menos en el lenguaje de las redes sociales, el concepto pasó por una suerte de gentrificación y mutó hacia el consumo aspiracional como "moda circular" o "curaduría vintage". Mientras que en el espacio físico vimos una expansión donde los barrios porteños de Palermo y San Telmo, por ejemplo, se poblaron de tiendas boutique con estética retro de la mejor calidad.

Sin embargo, reducir este fenómeno a una simple moda frívola sería ignorar su potencia política: las ferias también se convirtieron en un motor de democratización estética. Históricamente, el sistema de la moda funcionó como un filtro excluyente donde el buen vestir quedaba reservado para quienes podían pagarlo. Hoy, el circuito del usado es una herramienta para romper esa barrera. Permite expresarse a través de la ropa, jugar con la identidad y acceder a prendas de buena calidad. Es así que, sobre todo en los percheros de las ferias americanas de parques, iglesias u otros espacios barriales, se genera un espacio con posibilidades para billeteras y búsquedas diversas.
¿Se pierde el verdadero propósito de las ferias de ropa económicas?
Esta convivencia bajo el mismo techo no está exenta de tensiones. En las redes sociales, la viralización de "ferias secretas" o parroquiales desató debates en torno al acceso y a su “verdadera función”. Para quienes dependen de estos espacios como una estrategia básica de subsistencia, la llegada masiva de creadores de contenido y compradores fashionistas despierta un temor justificado: que el furor termine por inflar los precios de su "feria de confianza". A pesar de esto, muchos puesteros y pequeños emprendedores defienden esta visibilidad digital, ya que el flujo constante de nuevos clientes es lo que mantiene a flote sus economías en tiempos de bolsillos flacos.

Dentro de este contexto también surgen algunos códigos tácitos compartidos en las comunidades de consumidores. El consejo callejero más repetido para ir a las grandes ferias barriales es categórico: "No vayas bien vestido". En el regateo informal, la vestimenta o incluso detalles como el celular del comprador funcionan como un termómetro invisible que los puesteros usan para fijar el precio de una prenda. Si parecés de clase media-alta, la campera cuesta el doble. Estas dinámicas exponen las reglas de un mercado informal que se regula a sí mismo a partir de la necesidad mutua.
Entre el caos de los percheros de ofertas, las ferias americanas dejaron de ser un simple consumo alternativo para transformarse en un espacio de contrastes y contradicciones, entrelazando moda, identidad y contención social.
Desde ropa viva nos planteamos una pregunta y la compartimos con ustedes: ¿es posible democratizar el acceso a la moda sin colonizar ni encarecer estos espacios?
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